Si de complejidad se trata…

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Hacía rato que las musas no me hacían una visita y, sinceramente, no sé si esta vez le metieron todo el power, pero, al menos haré el intento porque se me está por prender fuego el marote y seguir abandonando lo que amo no estaría sumando luego de meses de agonía mental.

Desde hace un tiempo vengo maquinando acerca de la complejidad que acarrea el ser humano. Sea donde sea, a la hora que sea, me pierdo pensando. A veces me hablan y no escucho, otras tantas me paso más de una parada en el micro o camino tres cuadras de más. ¿Y todo por qué? Porque me pierdo pensando, dibujando en mi mente todas esas teorías que quizás sólo tienen sentido en mi acotado cerebro, pero que al fin y al cabo algún significado conllevan.

Así fue que decidí hacer algo, dejar de perderme en lo diario o, finalmente, perderme del todo como más me gusta: frente a un dispositivo que me permita volcar lo que presiona mi tan agotada neurona sobreviviente. Cosas que quizás a nadie le importen, pensamientos que algunos pocos compartan, otros tantos bardeen, y algunos más ignoren. Pero bueno, seré fiel a mi condición de acuariana y una vez más va a no importarme nada y dejar que salga lo que tenga que salir, pues para eso nació este Desparpajo Creativo hace ya unos cuantos años atrás…

Ca-ra-jo! Estoy vieja. Antes los preámbulos me duraban un párrafo, ahora es medio papiro. En fin, mi mente viene volando, intentando comprender lo jodidamente complejos que somos. Decimos no cuando ansiamos un sí, dejamos ir lo que queremos atesorar, peleamos con los que más queremos, y cedemos ante quienes menos lo merecen.

Pensaba en cómo nos pasamos la vida ilustrando ideales del deber ser. Cómo debería ser nuestro futuro, cómo tendría que constituirse nuestra posición económica, cómo debería ser la persona que nos acompañe, cómo deberían actuar nuestras amistades, hasta pensamos en cómo deberían ser los hijos que aún no tuvimos y ni sabemos si vamos a tener. Qué ganas de estresarnos tenemos, no?

Porque resulta que el futuro se nutre del presente, quedarnos sentados diseñándolo no lo vuelve perfecto, al contrario. Lo vuelve aburrido.

Sucede también que cuánto tengamos en los bolsillos no nos va a hacer más o menos felices. Simplemente nos facilitará –o no- algunas cosas, materialidades estúpidas que al momento de partir ya no serán nada. Por ende, ¿para qué tanta presión?

¿Cómo debe ser “esa persona”? Ja! Hablamos del ser indicado, armamos listas tontas, para entender más tarde que no queremos tanto currículum. Simplemente deseamos autenticidad, complicidad en lo simple, belleza de la buena y no de la que venden las revistas.

Cuestionamos accionares y después nos damos cuenta que a quienes más queremos, quienes más nos llegan, son los seres más imperfectos (y extremadamente interesantes a mis ojos) del planeta.

¿Hijos? No nos apresuremos, si todavía no están, dejemos que la vida fluya… y que sea lo que tenga que ser.

Somos complejos, somos retorcidos. No sabemos qué queremos, pero lo queremos ya (frase conocida, no?).

Toda esa perfección que cuajaba en nuestro cuadradito de la felicidad esbozada en ese armado de escritorio se nos va por las nubes cuando empezamos a sentir y ahí está lo más encantador de ser quienes somos. De a poco empezamos a entender que no queremos eso tan perfecto, o aquello que, si bien a primera vista parece hermoso, se muestra tan fácil que nos aburre.

Admitámoslo, nos gusta lo complejo, lo que nos desangra, lo que nos parece imposible, inalcanzable. Y si una vez llegada a la meta eso supone reventarnos contra la pared, mejor.

No están de acuerdo? Seguramente, pues son mis vagas ideas las que hablan, no la verdad absoluta. Afortunadamente, lejos estoy de tenerla y me encanta. Porque me gusta equivocarme, me fascina romperme y volver a rearmarme. De eso se trata todo esto.

¿A qué quiero llegar? ¿Acaso creen que esperaba llegar a una conclusión liberadora? Nop. Liberación es sentarme a escribir, a escupir lo que me aprieta la cabeza, lo que me pesa en la espalda y me impide seguir.

Será que por momentos me he cruzado con esa pseudo perfección que alguna vez anhelé como humana ordinaria. Y saben qué me pasó? Era tan, pero tan perfecta, que me aburrió, me dio ganas de tirarme a dormir y no levantarme. Cuando estaba lista para el neuropsiquiátrico bajo la premisa “no hay… que me venga bien”, dije “paren todo, loco, que me quiero bajar RIGHT NOW!!!”. Ahí me di cuenta que quizás no es que nada venga bien, sino que, hay que dejar de buscar la perfección y dejarse llevar por todo lo que nos devuelva la sonrisa, las ganas de correr y no de caminar con desgano.

Qué sé yo… a algunos les funciona el castillito de ensueño…. Para mí, es un castillo de arena que elijo me derrumben todo el tiempo, para volver a empezar, para reencontrarme una vez más conmigo misma y afirmar que no sólo no todo está dicho, sino que nada está escrito y que somos nosotros, sólo nosotros, los que podemos hacer y deshacer como queramos. Claro está, para bien o para mal…. Pero eso ya queda en cada uno…

Por eso elijo lo imperfecto, lo intensamente cuestionable, eso que te llena de marcas, que te destruye, pero a la vez te da fuerzas para reconstruirte con mayor convicción, con una ilusión que no tiene precio, que no existe en ningún manual del “buen vivir”, que meramente te empuja para que cada mañana sea un no saber que será, pero que lo que sea te encuentre con garra, armada, desarmada, como sea, pero, entre tantas vueltas, puedas rescatar una sonrisa.

Somos complejos, sí, demasiado. Pero, permítanme decir que es el condimento más exquisito que podemos ponerle a nuestra existencia.

Silvina Rodríguez Gáspari

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