TODOS LOS FUEGOS, “EL” FUEGO

TODOS LOS FUEGOS EL FUEGO

Esa luz capaz de hacerte vibrar, de abrigarte y también más que capaz de destruir todo lo que con tanto esfuerzo construiste. Sí, el fuego, ESE fuego.

Hay distintos tipos de llamas. Están esas que más nos gustan, porque nos abrazan, nos contienen, nos generan mil revoluciones por segundo. También están las que nos iluminan en la oscuridad, las que nos cobijan en el invierno más crudo. Están las llamas de la incomodidad, las que nos ruborizan cuando algo se nos va de las manos. Y, desgraciadamente, existen las llamas despiadadas, las que no reparan en daños y perjuicios, las que no piensan en vos, ni en los que más querés. Esas también generan revoluciones, pero a otro nivel, uno muy elevado del que parece cuasi imposible escapar.

El fuego es así. Llega cuando menos lo esperás y como sea te envuelve, para bien o para mal. No importa cuán preparado estés para recibirlo. Porque NO. NUNCA estás preparado. Te sorprende, te descoloca, te hace replantear millones de cuestiones que quizás antes, en otro lugar, con otras perspectivas, no podías siquiera dilucidar.

Dicen que siempre hay una llama encendida… dicen que donde hubo fuego, cenizas quedan. Si supieran cuán jodidamente cierta es esa frase…

Aquello que pensabas ayer ya no importa, pues el fuego se ha hecho presente en este escenario diario al que decidimos llamar vida. Tal vez aquello que te preocupaba ya no tiene tanto espacio ahora que las llamas están encendidas. Quizás esas inquietudes se profundizaron. Todo puede pasar cuando al menos un mínimo carbón aún arde.

Y arde, cómo arde la vida. En todos los sentidos, en todos los colores, las sensaciones, los olores, la vasta imaginación que no se detiene.

¿Quién sos? ¿Quién soy? ¿Dónde estamos? Ya no lo sé. Sólo sé que me queda la garra, el empuje que me da esa llama, la de la perseverancia, esa sí que, afortunadamente, no se apaga jamás.

Siento gritos, las luces se apagan, las alarmas de los autos no paran de sonar, la lluvia no cesa, ese 2 de abril de 2013 platense golpea mi cabeza. Repaso cada instante de esa noche y recuerdo qué fue lo que me acompañó: una llama. Llama que iluminaba esta pequeña cueva a la que denominamos hogar. Y hoy… hoy esa llama se cruzó de vereda, ya no quiso ser mi compañera. Se emperró para joderme un poco la existencia. Soplo y soplo, pero no se va. Quiere permanecer ahí, mirándome de lejos, tocándome de cerca. Me enojo, cuestiono el por qué, busco razones, estudio cada accionar y nada. Esbozo un fuerte suspiro que rompe cualquier frontera y recuerdo una frase de mi mamá “esto también va a pasar”. Así es, me encojo de hombros, pateo lo primero que veo, un golpe a la pared, un grito fuerte y listo. Ya está. No hay suerte a la que le valga la culpa. No hay culpas, sólo hechos. Digo basta, vuelvo a suspirar y me rearmo como puedo.

Sí, así es el fuego. Te desarma. En cualquiera de sus formas te desintegra para que vuelvas a construir, para que sepas que cada día es un empezar de nuevo.

No interesa cuán tonto te sentiste ayer ni lo muy astuto que te creíste en alguna circunstancia. Hoy es hoy y eso es lo que amerita sujetar con todas las fuerzas para después soltarlo y reinventarse en la llegada de otra mañana, otra tarde, otra noche.

Porque todos los fuegos son diferentes y cuando se te acerca alguno no es nada más ni nada menos que EL fuego. Esa llama que te da un toquecito en la espalda para decirte “acá estoy, veremos qué podés hacer con esto, manejalo a tu modo”. Ahí es donde no hay consejo que valga ni receta mágica que ofrezca soluciones. Todo está en vos, en meter la mano en tu propia galera y ver qué sacás.

Hoy me puse a pensar qué podía rescatar de la visita de este fuego peculiar que se topó en mi camino. Creo que si digo que saqué una sola cosa miento y de la peor manera. Son muchas cosas.

Tomé el fuego con mis propias manos, lo abracé con lo que queda de mi corazón y me di cuenta de que podía separarlo, clasificarlo, y así poder ver con claridad de qué se trataba todo esto.

Me encontré con una llama cuya inmensidad aún me impacta. En ella habitaban temores, tristeza, desolación, amargura, pero cuánto más la desglosaba más componentes iban apareciendo y debo admitir que la sorpresa me llenó el alma. Dentro de esa llama se escondían la amistad, el compañerismo, el amor, la colaboración, la gratitud, la incondicionalidad, el apoyo, la alegría, la picardía, el consuelo, los abrazos, la sinceridad.

Verán, todos los fuegos no son iguales. Si tenían dudas, aquí la prueba fehaciente. Porque no se me presentó cualquier fuego, tengo frente a mis ojos EL fuego y de él no pienso escapar porque aún queda mucho más por rescatar.

Silvina Rodríguez Gáspari

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