EL LAPIZ INMORTAL

Muchas veces reniego un poco de mis 30 años pensando “uufff qué grande que estoy”. Sin embargo, cuando comienzo a hilar profundamente sé que estoy orgullosa de la edad que tengo, puesto que estos 30 concentran vivencias de una generación a la que agradezco pertenecer. Porque soy parte de esas personas que crecieron leyendo historietas, jugando a la rayuela en la vereda, a la mancha y a la brujita de los colores.

Hoy me quiero detener en la lectura porque desde muy chica las letras y los dibujos han sido grandes aliados en mis días. Por eso, cada vez que un grande se retira de esta vida terrenal se me hace un nudo en el pecho y me entristece creer que tanta tecnología y tanta distancia virtual nos va a alejar de la simpleza y los mensajes profundos que recibíamos cuando ellos estaban entre nosotros.

Este 28 de marzo se nos ha llevado a un gran artista gráfico, un genio desde mi perspectiva: Manuel García Ferré. “El papá del dibujo animado”, dijo Nik en Twitter y concuerdo absolutamente con él.

Hijitus, Petete, Larguirucho, Oaky, Anteojito y muchos más son personajes con los que crecí. Recuerdo cómo me ayudaban en el colegio cuando utilizaba sus aportes en las revistas “Anteojito” y “Billiken”. También recuerdo los mediodías junto a mis hermanos mirando las aventuras de Hijitus con el malvado profesor Neurus buscando conquistar Trulalá.

Por otro lado, tengo muy presente en mi memoria cuánto lloré con películas como Ico, el caballito valiente y Trapito, producciones que ya de grande en conversación con amigos cuestionábamos por ser “tan tristes” para pertenecer al género infantil, pero que, instantáneamente, reconocíamos como grandes piezas de nuestra niñez. Hasta tengo el casete que mis hermanos me regalaron para un cumpleaños: la banda sonora de la película Ico.

Es por todos estos recuerdos y por muchos más que podría pasar días enteros describiendo, que comprendo que, más allá del dolor que significa la partida de un ser humano tan extraordinario, lo más importante en esta vida es poder dejar algo. Y lo que nos deja García Ferré es demasiado. Nos obsequia su lápiz inmortal, sus historias eternas. Porque la obra de un excelente artista nunca muere, se perpetúa de manera tal que tiene el poder de llegar a cualquier hogar, sin distinguir edades, conocimientos y, mucho menos, parámetros sociales. Aquello que es realmente bueno, puede ser siempre apreciado por un mero par de ojos dispuestos a ver con precisión y a comprender con atención.

Gracias Manuel García Ferré. Gracias por haberme acompañado en cada una de las etapas que hasta hoy me ha tocado vivir. Gracias por dejarnos tanto. Descansá en paz que entre todos vamos a cuidar de tus hijitus y al que se atreva a cuestionar la más pequeña peculiaridad de tu trabajo le vamos a “lompel el alma”  : – )

 

Silvina Rodríguez Gáspari

 

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